“Nois, no teniu res per menjar?”
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“Nois, no teniu res per menjar?”

18 Abr “Nois, no teniu res per menjar?”

Nois, no teniu res per menjar? Sant Ignasi de Loiola

Diumenge  18 d’Abril de 2021, Diumenge III de Pasqua. Jn 6, 22-29

“Nois, no teniu res per menjar?”
La professió de fe dels deixebles i la nostra

Seguim en aquest diumenge endinsant-nos en l’experiència pasqual. Avui tornem a escoltar un relat d’aparicions. Jesús s’apareix en mig dels deixebles però a Galilea, tal com li va prometre a Maria Magdalena: “diguel’s que vagin a Galilea. Allà em veuran”. Però aquest cop Jesús fa una cosa sorprenent: els demana menjar… L’evangelista Joan fa una prèvia: “com que de tanta alegria no se’n sabien avenir, els va dir: nois, no teniu res per menjar?” i afegeix: “i es va menjar el peix davant d’ells”

Tanmateix, Jesús no es presenta enmig dels deixebles de forma espectacular. No fa coses per deixar-los bocabadats i prou. Aquest no és el seu estil. I és que aquest tampoc és l’estil de Déu. El Déu que predica Jesús no és tampoc un Déu de l’espectacle. La seva manera de fer és un altra. Jesús actua en conseqüència al Déu que anuncia. Per això ho fa discretament, personalment i, el que és més important, en la quotidianitat. “No teniu res per menjar?” A Galilea ho deurien fer molts cops. Quan tenien quelcom per posar-se a la boca –que no era sempre… – és deurien reunir i compartir el que tenien. Una mica com a la multiplicació dels pans i els peixos. És el miracle  –Joan li diu signe– del compartir… i de ben segur que amb una gran alegria!

L’experiència dels primers deixebles ens és per a nosaltres un referent important. D’alguna manera ens recolzem en la seva professió de fe per fer la nostra. La seva experiència de reconeixement no és la nostra –nosaltres no varem conèixer Jesús en vida– però té molt a veure amb la nostra pròpia experiència. De fet, diem el mateix: “realment Jesús ha ressuscitat!” Més encara, tenim la mateixa missió d’anunciar-ho al món. En els deixebles, aquesta experiència va ser tan forta que no es varen estar d’anunciar-la jugant-se la vida…

Xavier Moretó, rector.

1Comentari
  • Guillermo Lázaro Gay
    Publicat 11:49h, 21 abril Responder

    El tiempo de Pascua, podría bien llamarse el tiempo de la fe, pues es cuando con mayor intensidad se pone a prueba la fe de los cristianos, y la incredulidad de los que no lo son. Porque siguiendo a Ratzinger, puede decirse que el creyente siempre tiene la tentación de la duda, pero para el no creyente, la fe será también su tentación.
    Nunca se nos habla tanto como en este tiempo de la resurrección de Cristo crucificado, que, si fue necedad para los griegos, amantes de la sabiduría, sigue siéndolo para los hombres de ahora distraídos en toda clase de pasatiempos.
    Y uno no puede menos de pensar que quizás se haya de dar la razón a los incrédulos, porque nadie ha visto nunca que un muerto resucitara, por reciente que fuera la muerte, y mucho menos si el cadáver ha sido calcinado, convertido en un par de kilos de fosfato cálcico, o sometido a la “anatomía o análisis general de la tumba “en la terminología de T. Mann.
    A lo mejor, si no fuera por razones históricas, deberíamos dejar de proclamar la resurrección de Cristo y hablar definitivamente de la glorificación del Señor. Porque lo que sucede con nuestro Jesús no tiene, ahora lo sabemos, nada que ver con una resurrección. Lo que nace del sepulcro, o ya de la misma cruz, ya no es el Jesús-hombre-entre-nosotros sino el Señor que, ahora, vuelto al Padre “recibe todo honor y gloria”. El que ven sus discípulos, es este mismo Señor, el mismo Jesús que compartió su vida, con su mismo cuerpo, pero glorificado. Su cuerpo siendo misteriosamente el mismo, es ahora un cuerpo glorioso que ya no tiene las propiedades del terrenal. Es la misma clase de cuerpo con el que nosotros resucitaremos gracias a la salvación que Cristo nos mereció. Éste ha sido un acontecimiento único, primero, y ya no tiene sentido interrogar a la historia para saber si alguna vez ocurrió algo semejante.
    Este cuerpo glorioso con el que resucitaremos, en el que nos seguiremos sintiendo nosotros mismos, no ha podido formarse, crecer ni provenir de unos restos minerales o desechos orgánicos, sino de la parte espiritual e inmortal del hombre, su alma, que, sin duda, guarda su individualidad. No sabemos cómo esto será posible, por ello he usado las palabras formarse, crecer o provenir, y no he dicho crear o recrear, porque eso sería una opinión que no sé si es adecuada o tenida en cuenta siquiera por los teólogos que estudian estas cosas. Lo que sí nos dicen, en cambio, son las cualidades que tienen esto cuerpos gloriosos: Impasibilidad, sutilidad, y espiritualidad, “no porque nos convirtamos en espíritus, sino que seguiremos siendo de carne y hueso “pero desprovistos de las pesadumbres debidas a su naturaleza y al pecado”. Así se lee en el Catecismo del arzobispo Carranza (1558) recogiendo opiniones de los Padres. San Agustín trata este tema en su Civitate Dei, y Santo Tomás en su Suma T.III, Cuestiones 53 y 54. Más modernamente, el Catecismo Holandés trata el tema extensamente, respetuoso con el misterio que encierra (págs. 450 y sigs.), después de haber hecho unas interesantes reflexiones sobre lo relativo de la muerte como desaparición de la persona. El Catecismo de la Iglesia Católica (Apartados (659 y sigs.), explica la doctrina de la iglesia sobre la resurrección de Jesús, y en 988 y sigs., sobre la nuestra.
    G.L.

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